Bien distinta era la situación de las clases trabajadoras que agrupaban a más de las tres
cuartas partes de la sociedad europea. Esta clase la integraban los campesinos (pequeños
propietarios, arrendatarios y jornaleros) y los obreros industriales o proletarios.
La situación de los proletarios al inicio de la industrialización fue muy dura. Sus condiciones
de trabajo eran penosas con jornadas que duraban de 12 a 16 horas diarias, en fábricas
insalubres, ruidosas, poco ventiladas y peligrosas, donde trabajaban hacinados. El ritmo de
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trabajo y la disciplina eran fuertes, y los salarios eran muy bajos, especialmente el de las
mujeres y los niños que trabajaban desde muy pequeños para ayudar al sustento familiar.
Para hacerte una idea de las dimensiones alcanzadas por esta explotación infantil basta con
citar la existencia de una ley del parlamente británico ( The Factory Act ), que en 1833 dejaba
la jornada laboral de los niños de nueve a trece años en "sólo" nueve horas diarias, y de trece a
dieciocho años el trabajo estaba fijado en diez horas y media (la jornada duraba para ellos
doce horas, pero con hora y media reservada para las comidas).
Tampoco existía ninguna legislación que protegiese los derechos de los obreros fabriles frente
a los abusos de los propietarios. Al desaparecer los gremios tampoco podían contar con los
servicios comunitarios que prestaban a sus agremiados.
También sus condiciones de vida eran míseras. Con el crecimiento rápido de algunas
ciudades, surgirán barrios desordenados y sin criterio, enormes suburbios superpoblados,
sucios y conflictivos. Estos suburbios surgían muchas veces en torno a una fábrica y estaban
formados por los barracones donde vivían hacinados los operarios de esa fábrica. De esta
forma los barrios proletarios se convirtieron en focos infecciosos, y los obreros caerán con
frecuencia enfermos, en el alcoholismo o la prostitución.