4.2. El Proletariado

Bien distinta era la situación de las clases trabajadoras que agrupaban a más de las tres

cuartas partes de la sociedad europea. Esta clase la integraban los campesinos (pequeños

propietarios, arrendatarios y jornaleros) y los obreros industriales o proletarios.

La situación de los proletarios al inicio de la industrialización fue muy dura. Sus condiciones

de trabajo eran penosas con jornadas que duraban de 12 a 16 horas diarias, en fábricas

insalubres, ruidosas, poco ventiladas y peligrosas, donde trabajaban hacinados. El ritmo de

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trabajo y la disciplina eran fuertes, y los salarios eran muy bajos, especialmente el de las

mujeres y los niños que trabajaban desde muy pequeños para ayudar al sustento familiar.

Para hacerte una idea de las dimensiones alcanzadas por esta explotación infantil basta con

citar la existencia de una ley del parlamente británico ( The Factory Act ), que en 1833 dejaba

la jornada laboral de los niños de nueve a trece años en "sólo" nueve horas diarias, y de trece a

dieciocho años el trabajo estaba fijado en diez horas y media (la jornada duraba para ellos

doce horas, pero con hora y media reservada para las comidas).

Tampoco existía ninguna legislación que protegiese los derechos de los obreros fabriles frente

a los abusos de los propietarios. Al desaparecer los gremios tampoco podían contar con los

servicios comunitarios que prestaban a sus agremiados.

También sus condiciones de vida eran míseras. Con el crecimiento rápido de algunas

ciudades, surgirán barrios desordenados y sin criterio, enormes suburbios superpoblados,

sucios y conflictivos. Estos suburbios surgían muchas veces en torno a una fábrica y estaban

formados por los barracones donde vivían hacinados los operarios de esa fábrica. De esta

forma los barrios proletarios se convirtieron en focos infecciosos, y los obreros caerán con

frecuencia enfermos, en el alcoholismo o la prostitución.